Qué pasa en las aulas

Publicado: 11 septiembre, 2011 en Opinión, Prensa

JAVIER HERAS 11/09/2011  El País.com

Jonathan vuelve a estudiar tras años en la obra. Elia cree que sus alumnos razonan poco. Raúl empieza el bachillerato de excelencia… Nuevas incógnitas y problemas de siempre para este curso. Toman la palabra jóvenes, profesores y padres: ¿en qué mejoramos y qué falta por hacer?

La habitación de Raúl González es la de cualquier chaval de 16 años: juegos de la PlayStation, dibujos manga, póster de Harry Potter. Salvo un detalle en el escritorio, un voluminoso libro de problemas matemáticos. “Le dan las doce y te dice: ‘Yaaa, el último… ¡que es muy divertido!”, cuenta su madre, María Luisa. Desde primaria los profesores le enviaron a concursos. Con tres años construía puzles de cien piezas. Siempre leía con sus padres, estudió en un instituto bilingüe, le apuntaron a piano… Un alumno motivado en un entorno favorable; si existe la educación perfecta, se parece a esta. Pero en España uno de cada tres jóvenes (31,2%) no termina la ESO, el doble que la media europea. Y el informe PISA -que evalúa a chicos de 15 años de 65 países de la OCDE- nos sitúa en un puesto medio-bajo desde hace una década.

En julio, Raúl sacó un 9,4 en las pruebas del bachillerato de excelencia de la Comunidad de Madrid, el único sobresaliente de los 2.278 inscritos (con al menos un ocho de media en la ESO). Va a estudiar en el instituto San Mateo, proyecto que algunos tachan de segregacionista. Es una de las incógnitas del curso, junto a problemas de siempre como el 28,4% de abandono escolar temprano [los que entre los 18 años y los 24 se marchan sin el bachillerato o una FP]. Escuchemos a los protagonistas: ¿qué pasa en las aulas?

“Somos producto de un retraso histórico”, analiza el secretario de Estado de Educación, Mario Bedera. “En 1978 teníamos un 25% de población analfabeta, cuando Finlandia contaba con un 5% hace 100 años. Hemos corrido más que los vecinos”. Sociólogos como José Saturnino Martínez, de la Universidad de La Laguna, rechazan el tópico de que vamos a peor: “La exigencia es alta comparada con países de nuestro entorno: uno de cada cinco jóvenes tiene mal rendimiento en lectura, proporción similar a la de Francia o Alemania. Allí tienen los mismos alumnos de bajo nivel, pero no fracasan tanto”.

Suele señalarse la elevadísima repetición (del 36%) como una lacra. Para Bedera, “indica que no se han puesto medidas de apoyo con antelación”. Los programas con contenidos suavizados llegan en 3º de la ESO, pero el fracaso se fragua en primaria, según el Observatorio de la Educación de la Fundación 1º de Mayo de CC OO. “En cuanto se perciba el riesgo de suspender, hay que reforzarle”, zanja José Antonio Martínez, presidente de la asociación de directores de instituto Fedadi. En el País Vasco, con profesores de apoyo y desdobles, han reducido el fracaso al 15%. Hay quien sugiere incluso una evaluación continua, sin exámenes, como Virgilio Gantes, vicepresidente de Ceapa, federación de asociaciones de padres.

“Mamá, no valgo para estudiar”. Con diez años, Ignacio dejó de piedra a Emilia, su madre. “Él se esforzaba y su tutora solo miraba el resultado. Siempre hacía los deberes, pero solo le preguntó el día que no los llevó; y le puso un cero. Iba a pillarle. Y nunca le daba un empujón a su autoestima; cuando lo hacía muy bien en plástica, le ponía un ocho, ¿por qué no un diez? Fue un curso duro”. Lo iban a cambiar de colegio, pero en 6º su nueva tutora le dio confianza. Un año después, el pequeño, con pantalón del Real Madrid y polo blanco, acaricia distraído a su perra.

-Ignacio, ¿qué tal te iba en 5º?

-Más o menos…

-¿Y por qué estudias?

-Es lo que mejor se me da. Me lo paso bien en conocimiento del medio.

La hermana de Raúl González, Elia, que estudia la carrera de matemáticas y da clases particulares a niños de la edad de Ignacio, constata una conclusión del informe PISA: conocemos la teoría, pero fallamos al aplicarla. “Me dicen que les explique qué hacer y lo memorizan, pero les da igual entenderlo”, comenta en su casa en Alcobendas. Sentado a su lado, Raúl añade: “Antes del bachillerato, mejor profundizar en lo básico y enseñar a asociar, a pensar. Sobran asignaturas”. Así es como Polonia, con menos inversión por alumno, ha subido 21 puntos PISA: ha simplificado el currículo, centrado en desarrollos y habilidades. El profesor de la Universidad de Valencia Eduardo Vidal-Abarca apunta otras dos medidas: “Más autonomía de los centros y un sistema de promoción de los buenos profesores”.

Después del infausto CAP, y mientras se consolida el nuevo máster de formación de docentes, muchos apuestan por una especie de MIR, un examen nacional de selección seguido de unas prácticas. Según Saturnino Martínez, mejorará “la formación didáctica, para que los graduados aprendan a transmitir solo un poco de sus conocimientos de forma comprensible para jóvenes, y motivarlos”. Modelos de éxito como Finlandia destacan algo más intangible: el ambiente de confianza en el profesor. La que, por ejemplo, tenía Raúl en David, que le preparaba para concursos de matemáticas en horas extra. El secretario de Estado lo admite: “Uno que solo cumpla no puede cobrar igual que otro que haga proyectos de innovación, que vaya a ver a los padres del chico que falta… Hay que establecer una evaluación para premiarlos”.

Ese compromiso es “hoy más necesario: con la inmigración hemos pasado de enseñar conocimientos a cuestiones sociales”, afirma José Antonio Martínez, de Fedadi. En institutos como el Ciudad de Jaén, en el barrio de Orcasur de Madrid, la mitad de los alumnos son extranjeros. Su director, Francisco Cilleruelo, es consciente de que “los profesores no llegan motivados: chabolas en la calle, instalaciones viejas… “. Pero cree que “un centro puede ser referente de un barrio: el trabajo en clase cuenta más que nunca”. Sin embargo, el informe Talis de 2009 indica que tres de cada cuatro profesores de ESO no reciben reconocimiento cuando mejoran. De hecho, casi la mitad no son evaluados. “Cada cambio de ley cambia el papeleo (cómo relleno los objetivos), pero en mi clase nunca ha entrado un inspector a verme impartir y asesorarme”, cuenta Fernando, un maestro.

A Jonathan Castro, de 25 años, le echaron de cinco colegios. Se sentía rebelde, y sus padres, separados, trabajaban todo el día. “Cuando no encajas, te ponen al fondo de clase para que no des la brasa, y convencen a tu familia de que eres un granuja”. Con 16 dejó la ESO y holgazaneó hasta que a los 18 se vio sin dinero. Comenzó un módulo de grado medio, “para al menos tener un oficio”. Y sintió que, “por fin, hacía algo bien”. Continuó con una formación profesional superior de electricista. Pero la obra se le quedaba pequeña: “Aprender es un vicio, quieres más”. A diferencia de todos los que dejaron el pupitre por el andamio y han vuelto con la crisis, Jonathan descubrió su vocación: diseñar videojuegos. Ahora estudia en una facultad privada, gracias a una beca de 20.000 euros que logró con el proyecto de un juego de estrategia naval. Lo está desarrollando: en su ordenador, un barco pirata surca el océano, pliega las velas y dispara con una animación profesional. Aspira a vendérselo a Apple.

Si el talento estaba ahí, ¿por qué casi abandona? “El sistema pone trabas para seguir estudiando a quienes no se gradúan en ESO”, señala Saturnino Martínez. “Pero la flexibilización parece bien encaminada”. Se refiere al nuevo plan del Gobierno: los PCPI, programas de cualificación profesional inicial a partir de los 15 años, para lograr un primer título que conduzca a la FP.

No hay que ser pesimistas. “Estamos muy bien en reducir diferencias socioculturales, con estudiantes con una puntuación mayor a la esperable según su estatus. Y los inmigrantes que llevan más de 12 años tienen resultados similares a los nativos”, subraya Vidal-Abarca. El sistema es equitativo (el 77,1% entre aprobado y notable), aunque falta atender a los brillantes: solo un 3% se encuentran en el sobresaliente, frente al 8% de media de la OCDE. Sociólogos como Rafael Feito evitarían aislar a los mejores en centros de elite. “Si terminan antes que el resto, que hagan actividades creativas. Los físicos que descubrieron el grafeno lo hicieron en un juego”. Eso sí: en Corea, país puntero, dos de cada tres chicos van a clases de refuerzo. La atención individual funciona.

Todos estos asuntos estaban sobre la mesa en el Pacto de Estado por la Educación que fracasó en 2010. Después de tres grandes reformas en democracia, nuestros protagonistas -todos- reclaman estabilidad. Y mayor inversión: el gasto de España es el 5,1% del PIB, frente al 5,8% europeo…, pero este año las comunidades autónomas han recortado 1.800 millones. Es lo que hay. De momento, las familias asumen su compromiso: en colegios como La Navata los alumnos comentan noticias leídas en casa. Por su parte, los padres de Raúl se saben la lección: apoyo significa animarle a resolver problemas o tocar melodías de Yann Tiersen, pero también dejarlo con sus amigos en la bolera… y picarle para que Tiri (de tirillas) haga deporte.

Los alumnos opinan…

– “Deberían explicar la historia como si fuera una narración, no episodios aislados; entender y relacionar las épocas, más que aprender fechas. Por otra parte, está muy bien organizar concursos para picar una competitividad sana: en mi colegio dejaban en el tablón de anuncios una pregunta lógica y una literaria para que al final de la semana respondieras”. (Raúl, 16 años)

– “Que los orientadores sepan de verdad lo que nos interesa: hacen falta más entrevistas y tests de aptitudes. Y no presionar tanto al alumno, sino intentar canalizar su energía a que de verdad quiera estudiar (¿por qué no hacerle ver las ventajas laborales?). Ah, y cuando no quede otra que castigarle por la tarde, que no sean horas perdidas, sino una especie de clase extra para que aprenda algo”. (Jonathan, 25)

– “Más participación de los alumnos: favorecer las asociaciones, intervenir en los contenidos…”. (Elia, 20)

Palabra de los especialistas

– “Escuchar los problemas de los niños en asambleas. Dejarles proponer e investigar, y que luego el profesor articule esas demandas en el currículo. No hay que tirar por la borda lo conseguido hasta ahora, pero en ningún sitio está escrito que para aprender haya que estar sentados y callados. En el Miguel Catalán de Coslada forman grupos cooperativos: un alumno aventajado es mentor de sus cuatro compañeros. Y en un colegio en Arturo Soria practican la inteligencia cinética, los chavales se levantan y se tiran al suelo mientras intercambian palabras que empiezan por ge o jota. Así no se les olvida”. (Rafael Feito, sociólogo de la Universidad Complutense)

– “Para mejorar el rendimiento, cinco minutos de relajación (respiraciones profundas, postura egipcia o decúbito supino) al principio y al final de las clases. Así cambia la frecuencia de las ondas cerebrales. Cuando estamos ilusionados, la información se graba mejor; la rabia, en cambio, bloquea los neurotransmisores. Vienen bien rutinas como estudiar siempre a la misma hora del día. Y repetir la lección a las tres horas, a los tres días y al mes. En cuanto al trato, el profesor debe comunicarse desde el cariño, intentar ser amigo y motivarle para que sepa por qué estudiar. Un niño me dijo que su aspiración era tener una familia; entendió que para eso necesita un trabajo”. (Milagros y José Durán, psicólogos del gabinete DYCI-ALPHA)

Así lo ven los profesores

– “En centros con mucha inmigración, para que los extranjeros dominen el idioma da buen resultado separarlos en grupos mientras los nativos dan asignaturas troncales. Antes los atendíamos individualmente, pero unidos no se sienten excluidos. Luego, la otra mitad de las horas (música, tecnología…) las comparten con españoles. Y el instituto se ha convertido en el punto de encuentro del pueblo”. (José Antonio Fábrega, director de L’Encantà, en Rojales (Alicante). En 2009, con un 40% de inmigración, fue el primero en selectividad de la comunidad.

– “Un acuerdo político, porque los cambios afectan al día a día. Durante años se eliminó septiembre… hasta que volvió, y los chavales no tenían costumbre de estudiar en verano para esa convocatoria”. (Santiago, maestro de Zaragoza)

– “En primaria, actuar con profesores de apoyo y logopedas. En secundaria, mayor flexibilidad: el alumno tiene derecho a equivocarse en lo que elige, y luego reengancharse. Plantearía que la ESO fuera un año más corta y el bachillerato uno más largo; ahora no tiene consistencia”. (José Antonio Martínez, presidente de Fedadi)

Lo que piden los padres

– “Menos clases magistrales: los niños tienen que hacer las cosas, no solo oírlas. También enseñar a debatir, una gran carencia en España. ¿Y por qué no asignaturas creativas, como astronomía para ciencias, o teatro unido a la literatura?”. (Emilia, madre de Ignacio)

– “Trasladar el modelo de infantil a secundaria. Del colegio me encantó la relación cercana con los profesores y la participación, que luego se pierde”. (Manuel González, padre de Raúl)

– “Pactar los horarios de los consejos escolares no a las 16.00, sino después de la jornada laboral de los padres. Reconocernos a los padres como coeducadores. E invertir en traductores, psicólogos y mediadores”. (Virgilio Gantes, vicepresidente de Ceapa)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s