Me gusta ser profesor

Publicado: 9 octubre, 2011 en Cartas, Opinión

sábado 8 de octubre de 2011

Publicado por Fernando J. López en ESO de la ESO

El pasado 5 de octubre tuve el honor de asistir  como ponente a una de las mesas redondas de la Jornada sobre Educación que se
celebró en la Asamblea de Madrid. En esa ponencia comencé hablando de algo que,  en este conflicto, no puede quedar oculto por las montañas de descrédito y  desprestigo que intentan hacer caer sobre nosotros, sobre los docentes: la pasión por nuestro trabajo. El amor  -vocacional, a menudo- por nuestro oficio. Al día siguiente, la manifestación y la huelga de los estudiantes de
Secundaria y Bachillerato me daban aún más argumentos -con esa magnífica lección de Educación para la Ciudadanía que nos dieron a todos- para justificar esa pasión por objetos tan prosaicos como la tiza y la pizarra.

Ahora, en estos días en que parece que, por las noticias (tan atroces y fascistas como esta) y los e-mails que recibo de algunos compañeros, se suceden las represalias, se nos convierte -a nosotros y a nuestras camisetas verdes- en objeto de persecución y se intenta instaurar la mordaza y el miedo, he decidido transcribir aquí esa ponencia, con el único deseo de hacer un homenaje
-y dar ánimos- a quienes nos estamos dejando la piel -y las ilusiones- en esta lucha. Una de las únicas huelgas y movilizaciones que yo recuerdo donde no se pide ni un solo euro. Donde el único dinero que pedimos es el que han quitado a nuestras aulas. A uestros
alumnos. Y a su futuro.

¿Excelencia?
 Me gusta mi trabajo. Y estoy seguro de que esa misma afirmación pueden hacerla muchos de mis compañeros, de los docentes que, estos días, nos sentimos agredidos y desprestigiados por aquellos que deberían escucharnos y defendernos, aquellos para los que es del todo incomprensible que pueda gustarnos llevar con nosotros –en la cabeza y en el corazón- la vida de cientos de alumnos cada curso escolar. Pero, aunque ellos –en su mezquindad- no lo entiendan, a muchos de nosotros nos gusta ser profesores, sí, a pesar de las dificultades que entraña este trabajo, de los múltiples problemas que hemos de afrontar cada día, de la cantidad de vidas –y de situaciones personales- que encontramos en nuestras aulas y ante las que hemos de ofrecer respuestas válidas y, sobre todo, constructivas. Para nosotros, los recortes tienen rostros y nombres –de alumnos desatendidos, de compañeros sin trabajo- y por eso nos hemos lanzado a la calle con nuestras camisetas verdes. Con nuestro grito a favor de la pública. Con la urgencia de insistir en que recortar en educación no solo no ayuda a salir de la crisis, sino que nos acabará hundiendo más en ella.
Quienes recortan en la pública –no para ahorrar, sino para favorecer otras fórmulas de escolarización que permitan el adoctrinamiento y favorezcan el elitismo social-, olvidan –a propósito, por supuesto- que los docentes trabajamos con personas, con adolescentes que están buscando su identidad en esa compleja franja que va de los doce hasta los dieciocho años, y por ello nos preocupa tanto que se nos quiten los medios necesarios para poder ofrecerles una educación pública, digna y de calidad. Una educación donde esa excelencia de la que tanto se habla se hace imposible si no disponemos de los recursos humanos necesarios para conseguirla.
Y es que resulta obvio que no se puede lograr la excelencia si en los centros aumenta el número de alumnos mientras disminuye el número de profesores. En mi instituto, por ejemplo, este curso hemos perdido a ocho compañeros. Ocho profesionales cuyas horas de dedicación es imposible cubrir por mucho que todos los que nos hemos quedado sumemos dos o hasta tres horas lectivas más.
Por eso, porque hay ocho profesores menos, este año, en mi instituto no habrá desdobles de lengua, ni de matemáticas, ni de inglés por primera vez en mucho tiempo. Tampoco tendremos compensatoria para los estudiantes con más dificultades, ni
laboratorios, ni siquiera es seguro que haya alguien que pueda encargarse de la biblioteca. Y, para colmo, hemos tenido que optar entre mantener la hora semanal de tutoría o la pervivencia de los desdobles, pues –con el número de profesores asignados al centro- era imposible mantener ambas cosas.
 Decisiones y callejones sin salida a los que nos hemos visto abocados en todos los claustros de la Comunidad de Madrid para poder comenzar el curso a pesar de haber recibido unas instrucciones que impiden que este se desarrolle con un mínimo de normalidad.
Instrucciones que incluyen medidas tan irresponsables como dejar las tutorías al libre albedrío de los centros, desprotegiendo así –no solo a los docentes- sino, sobre todo, a nuestros alumnos y a sus familias. ¿Cómo se puede prescindir de la única hora semanal en la que el tutor puede hablar con los alumnos y hacer un seguimiento real de su trayectoria académica y personal? ¿Cómo se puede considerar accesoria la única hora en la que se pueden prevenir muchos de los conflictos que estallan en las aulas, como el bullying, la xenofobia, la homofobia…? No sé qué justificación económica habrán encontrado para este despropósito, pero sí me parece una prueba más que contundente de hasta qué punto se está atacando a la educación pública y de cuánto se desconoce la realidad de las aulas.
Ignorancia que seguramente podría subsanarse si nos preguntasen a quienes sí vivimos el día a día escolar: a los docentes y a las familias. Qué lástima que el diálogo sea, en vez de una táctica habitual, una más que lejana utopía ante la sordera de algunos.
Sordera y cerrazón que hace que todavía se escuchen y repitan manidos argumentos como la falacia de las famosas dos horas. Argumentos que nada tienen que ver con la lucha real. Con la auténtica protesta de quienes defendemos la dignidad y la calidad de la educación pública. Argumentos que olvidan que muchos de los profesores madrileños ya dábamos 19 y 20 horas lectivas el curso pasado, que asumimos –como funcionarios- nuestro recorte salarial en un ejercicio de responsabilidad y solidaridad, y que no nos hemos sumado a esta marea verde por la pública pidiendo ni un solo euro más (¿cuántas huelgas sin reivindicaciones salariales
recuerdan?), sino que exigimos que en los centros haya un número suficiente de profesores, un cupo digno que permita que las bibliotecas vuelvan a abrir, que los laboratorios puedan llevarse a cabo, que los alumnos con más dificultades tengan los apoyos que necesitan y que los alumnos que destacan también tengan los refuerzos precisos para motivarles.

Eso sí debería ser la excelencia, una excelencia real y factible para todos y cada uno de nuestros alumnos. De vuestros hijos. No un club de elite donde se segregue a una exigua minoría mientras el resto de nuestros centros presentan ratios alarmantes y al
límite de lo legal. En mi caso, estas ratios de 34, 36 y 38 alumnos en Bachillerato –por ejemplo- hacen que mi método de clases –basado en la interacción, en el trabajo en equipo, en la participación de los alumnos- sea poco menos que imposible, de modo que parece que se pretende obligarnos a los profesores a regresar a la desmotivadora clase magistral de antaño, en una regresión que –de nuevo- perjudica claramente a la calidad educativa.

Tampoco sé si, gracias a los recortes que, en mi instituto, nos han dejado sin auxilares de control que puedan abrir el centro por las tardes, podré mantener las actividades que he desarrollado estos años fuera de mi horario y siempre de forma voluntaria y no remunerada. Actividades como el grupo de teatro escolar o la revista de mi centro, que forman parte de esas horas de trabajo que
nadie nos contabiliza y que, sin embargo, muchos consideramos que son especialmente importantes para nuestros alumnos. Actividades que son formativas no tanto por el resultado de las mismas, sino por el espíritu de trabajo y de convivencia que fomentan.

Porque, aunque haya quien parece haberlo olvidado, nuestra labor como profesores de Secundaria y Bachillerato no solo consiste solo en volcar conceptos en la pizarra, sino en transmitir pasión por nuestras materias –de ahí que el concepto de afines (desafinadas o no) sea, en sí mismo, una aberración- y en co-educar en valores -con la ayuda de sus familias- a nuestros alumnos, para que puedan seguir construyendo su propia identidad en esa crucial etapa de transición que es la adolescencia. Este
curso, sin embargo, mis tres horas lectivas de más se han traducido en otro nuevo grupo más de 34 alumnos de Bachillerato, de modo que las horas de trabajo real que necesito para atenderles se multiplican de forma inmediata y exponencial, haciendo que me sea prácticamente imposible mantener con vida las iniciativas que, como esa revista o ese grupo de teatro, he coordinado en los
últimos años.

Por otra parte, y como –a pesar de lo que intentan hacernos creer- los profesores somos muy conscientes de la responsabilidad que supone nuestro oficio, sé bien que la mayoría de mis compañeros compaginaremos ese año las movilizaciones y la protesta por la educación pública con un esfuerzo titánico por salvar la calidad y la dignidad de nuestras clases. De nuestros centros, aunque los recortes –esos que sí son el verdadero ataque ante el que nuestra huelga no es más que una necesaria y urgente defensa- intenten impedírnoslo, aunque desde el poder se decida seguir favoreciendo, fiscalmente, a la escuela privada en detrimento de la pública. Pero frente a sus obstáculos y a sus agresiones, haremos valer nuestro trabajo diario. Nuestro esfuerzo. Nuestro compromiso. Y nuestras ganas de darles a los chicos y chicas que se sientan en nuestras aulas todas las oportunidades que se merecen y que, quienes hemos sido siempre alumnos de la pública, también hemos tenido.

Y, aunque a veces nos invada la tristeza ante tanto ataque –y tanta represalia-, también sé que a muchos nos llena de orgullo ver cómo profesores, padres y alumnos –todos juntos- estamos dando estos días una lección de compromiso y de unidad, ejerciendo la docencia más allá de nuestras aulas y convirtiendo la ciudad de Madrid en una gigantesca pizarra donde defender cuestiones tan importantes como la igualdad de oportunidades y la pluralidad que representan la escuela pública.
Pero si algo bueno está surgiendo de esta dura crisis, ese algo es el intenso ejercicio de autocrítica que todos, profesores y padres, estamos haciendo en estos días. Un ejercicio que nos ha unido más que nunca, que nos ha hecho recordar en qué consiste ser parte de la comunidad educativa y que nos ha despertado de un letargo en el que llevábamos sumidos demasiado tiempo.

Ahora solo espero que, más allá de las actuales movilizaciones, esta marea verde se convierta, en adelante, en un rasgo que nos caracterice y nos defina, en un modo de actuar, en un sentimiento y un compromiso que nos haga permanecer unidos y ohesionados, como un sector crítico dispuesto siempre a defender el futuro de las nuevas generaciones y la necesidad de que la educación pública no sea, bajo ningún concepto, el último recurso o el único reducto para aquellos que no disponen de ninguna otra opción.

Al revés, hemos de luchar con ímpetu para que la educación pública recupere su sitio y vuelva a ser –con nuestro trabajo, nuestra cooperación y nuestro esfuerzo- la mejor educación de todas las posibles.
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